JAVIER, EL JOVEN QUE CAMBIÓ LOS APLAUSOS POR EL ESTETOSCOPIO

Por: Limedes Molina Urrego

Hay jóvenes que brillan por un instante y luego desaparecen entre la multitud. Y hay otros que convierten el talento en disciplina, los sueños en metas y el esfuerzo silencioso en una historia que merece ser contada. Javier Alfonso Pérez Navarro pertenece a ese segundo grupo.

En 2019, cuando apenas tenía 17 años, su nombre recorrió el Cesar. Había obtenido 438 puntos en las pruebas Saber 11, el puntaje más alto del departamento y uno de los mejores del país. El reconocimiento Andrés Bello y una beca para estudiar Medicina en la Universidad de los Andes parecían el punto más alto de una carrera prometedora. Pero, en realidad, apenas era el comienzo.

Seis años después, el muchacho que alguna vez soñó con ser cantante regresa convertido en médico y, además, con uno de los máximos honores académicos que puede recibir un estudiante universitario: Summa Cum Laude, distinción otorgada al mejor promedio acumulado de la carrera de Medicina durante los últimos cinco años en una de las universidades más prestigiosas de Colombia.

Pero detrás de ese reconocimiento no hay una historia de genialidad espontánea. Hay una historia de renuncias.

Javier nació en Valledupar, estudió toda su vida en el colegio Comfacesar y, antes de enamorarse de la medicina, ya conocía la emoción de los escenarios.

Participó en el reconocido concurso de televisión La Voz Kids, hizo parte de los Niños Vallenatos del Turco Gil y pasó incontables horas aprendiendo guitarra y piano en la Escuela de Formación Artística de Comfacesar ESFACOM.  Su mundo giraba alrededor de la música.

Todavía hoy, cuando habla, lo hace con la serenidad de quien alguna vez aprendió que el arte también enseña disciplina “Siempre me gustó cantar, todavía lo hago. La música sigue siendo parte de mí, pero ahora es mi hobby”, dice mientras acaricia con sus dedos suavemente su compañera de siempre, la guitarra.

Quizás por eso no resulta extraño que encuentre una relación entre la música y la medicina.

“Creo que ambas nacen del deseo de hacer sentir bien a las personas.”

Cuando terminó el colegio, Javier tuvo que tomar una decisión que cambiaría su vida.

Podía quedarse en Valledupar, cerca de su familia, de sus amigos y de los sabores que conocía desde niño. O podía irse solo a Bogotá.  Eligió lo segundo, pero no fue fácil.

“Bogotá puede ser una ciudad muy sola para alguien que viene de la costa.”

Y lo dice alguien que durante la pandemia confesó, entre lágrimas, cuánto extrañaba el arroz de su mamá, el calor de su casa y las conversaciones familiares.  Esa nostalgia nunca desapareció, simplemente aprendió a convivir con ella.

Mientras muchos imaginan que el éxito universitario depende exclusivamente de la inteligencia, Javier habla de otra palabra; autonomía.

Está convencido de que el colegio Comfacesar le enseñó algo mucho más importante que memorizar contenidos: aprender a estudiar solo. En Medicina nadie puede esperar que un profesor explique todo. Hay que buscar, leer, investigar, preguntar y volver a empezar.

“Yo ya venía con esos hábitos desde el colegio.” Dice.

Cuando recibió el reconocimiento Summa Cum Laude, muchos pensaron que ese siempre había sido su objetivo, pero esto no era cierto.  “Nunca pensé: voy a ser el mejor estudiante de Medicina de la Universidad de los Andes.” Anota modestamente.

Su meta era mucho más sencilla, aunque mucho más profunda.  “Quería ser un mejor médico para mis pacientes.” Señala al recordar que las mejores notas llegaron como consecuencia de su trabajo y no de una simple obsesión.

DE VUELTA A CASA

Hoy con apenas 24 años, Javier Pérez Navarro, vuelve a su casa Comfacesar. Si, pero esta vez no al colegio, sino a la IPS Comfacesar, donde se desempeña en el programa extramural del adulto mayor, como médico general, completando así el circulo completo de su paso por la Caja de compensación que tanto lo ha apoyado para que sus sueños sean una realidad.

Y mientras trabaja en ese sueño, tiene su mirada puesta en Estados Unidos, a donde estuvo recientemente, porque ya está inscrito en la universidad Johns Hopkins, donde quiere especializarse en Medicina Interna y, posteriormente, en Cardiología.

SUEÑOS

Javier es un muchacho que ya tiene una historia que contar, lo que lo avala para dar un consejo. Por eso al pararse delante de los estudiantes que hoy están sentados donde él antes lo estuvo, no les habla de talento, ni de inteligencia Mucho menos de suerte. Para él, la clave está en los sueños.

“Hay que soñar… pero trabajar con la misma intensidad con la que uno sueña.”

La frase parece sencilla, pero resume toda su vida porque Javier nunca dejó de soñar.

Solo aprendió que los sueños necesitan despertadores. Que las metas se construyen mientras otros descansan. Que el sacrificio de estar lejos de casa puede convertirse, algún día, en el orgullo de toda una familia.

NO TODO ES FOLCLOR

Valledupar suele celebrar a sus artistas, a sus deportistas y a sus grandes empresarios.

También debería detenerse, de vez en cuando, a celebrar a jóvenes como Javier Alfonso Pérez Navarro.

Porque su historia demuestra que, desde un salón de clases, desde una guitarra, desde una biblioteca o desde una pequeña ciudad del Caribe colombiano también se puede llegar a la cima.

Y porque, en tiempos donde abundan las noticias que desesperanzan, historias como la suya nos recuerdan que el talento existe.

Queda claro entonces que el verdadero milagro sigue llamándose disciplina.

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