Por: Limedes Molina Urrego
Desde niño, Michael Steven Leiva Londoño tuvo claro que quería construir un futuro distinto. No se conformaba con terminar el bachillerato: quería ser profesional, prepararse y encontrar en el estudio una herramienta para abrirse camino en la vida. Su sueño comenzó a tomar forma cuando ingresó a la Fundación Universitaria del Área Andina, en Valledupar, para estudiar Ingeniería Ambiental.
Pero la vida, a veces, obliga a poner los sueños en pausa. En cuarto semestre, problemas familiares y dificultades económicas lo llevaron a retirarse de las aulas. Lo que inicialmente parecía una pausa temporal terminó convirtiéndose en dos años y medio lejos de la universidad. Durante ese tiempo trabajó, hizo domicilios en una motocicleta y descubrió que ganar dinero podía convertirse en una tentación capaz de desplazar aquello que alguna vez había considerado prioritario.
Michael tenía apenas 20 años, pero ya había aprendido una lección que suele llegar mucho después: trabajar permite resolver las necesidades del presente, mientras estudiar ayuda a construir el futuro.
“Sentía frustración porque dejaba mi sueño a un lado, dejaba la carrera que amaba como por trabajar, por los problemas”, reconoce. Sin embargo, no estaba dispuesto a renunciar.
Fue entonces cuando apareció una voz que terminó siendo determinante. Jaime, un profesor de Instecom que lo veía trabajar haciendo domicilios, notó que el joven estaba dedicando cada vez más tiempo a conseguir dinero y menos a su formación.
“Michael, estudia, estudia”, le insistía. Y luego le daba una razón que se quedó resonando en su cabeza: “No trabajes tanto, trata de estudiar, que eso también te va a quedar en la vida”.
Aquellas palabras llegaron en el momento preciso. Michael entendió que no tenía que escoger entre sobrevivir y soñar, sino encontrar la manera de seguir avanzando.
Así llegó a Instecom, donde decidió formarse como técnico laboral por competencias en Seguridad Ocupacional. Trabajó y estudió al mismo tiempo, volvió a enfrentarse a los horarios, a los compromisos y al cansancio, pero esta vez con una meta mucho más clara: obtener un título que le permitiera continuar su proyecto de vida.
“Gracias a Dios, haciendo el esfuerzo de tratar de sacar este certificado, este título adelante”, cuenta.
La graduación, entonces, no fue simplemente el cierre de un programa académico. Para Michael representó el regreso a un camino que había quedado suspendido.
Y mientras recibía su título de técnico laboral por competencias en Instecom, también comenzaba a recuperar otro sueño. Ya había retomado Ingeniería Ambiental en la Universidad del Área Andina, justamente la carrera que había dejado dos años y medio atrás. El instituto fue definitivamente esa plataforma que requería su vida para continuar su formación.
No regresó al mismo punto. Regresó con más experiencia, más responsabilidades y una certeza que antes quizá no tenía: quería terminar lo que había comenzado.

EL ORGULLO DE SU FAMILIA
En su casa, o mejor, en casa de sus abuelos, donde reside, el regreso de Michael al estudio también fue una victoria familiar.
Marlen Londoño, su madre, recuerda que cuando su hijo abandonó temporalmente la universidad sintió preocupación y tristeza. Ella quería verlo continuar con su carrera y temía que aquella pausa terminara convirtiéndose en una renuncia definitiva.
“Me sentí un poquito apagada porque yo quería que siguiera adelante”, confiesa.
Pero Michael le respondió con la seguridad de quien todavía conserva intacto su propósito: “Mamá, con el favor de Dios yo voy a seguir adelante porque yo voy a seguir estudiando”.
Y cumplió.
Marlen, ama de casa y emprendedora de comidas rápidas, habla hoy de su hijo con orgullo. Sabe que el camino no ha sido sencillo y que las circunstancias familiares y económicas pudieron haberlo llevado por otro rumbo.
“Gracias a mi Dios que él ha salido adelante con todo su esfuerzo, con su empeño de seguir adelante”, dice.
Para Michael, detrás de cada esfuerzo hay nombres concretos. Su madre y su abuela ocupan un lugar especial en esa lista de personas que nunca dejaron de creer en él.
“Ellas fueron las que dieron todo por mí. Siempre creyeron en mí y son mi pilar fundamental en esta vida”, afirma.
También reconoce el respaldo de su padre, con quien vive actualmente, y de sus hermanos. Pero cuando habla de lo que lo impulsa a levantarse cada día, vuelve a su madre y a su abuela.
Son ellas, dice, su motor.
Por eso, tener el diploma entre las manos adquiere un significado que va mucho más allá del papel.
“Mucho esfuerzo. Mucho esfuerzo y sacrificio. Muchas horas de estudio, trabajo”, resume mientras mira el título que acaba de obtener.
José Londoño, su abuelo, también entiende que aquella graduación es apenas otro capítulo de una historia que todavía está comenzando. “Gracias al Señor, hoy Michael se gradúa y que el Señor le siga ayudando y que le dé más sabiduría para que en un futuro le sirva para su propia vida”, expresa.
Luego deja una reflexión que parece hecha a la medida de la historia de su nieto: “Todos los días aprendemos”.
Michael también lo ha entendido.
El estudio, para él, no representa únicamente una obligación académica ni un requisito para conseguir un empleo. Lo concibe como una herencia que permanece, incluso cuando las circunstancias cambian.
“El estudio yo creo que es todo. Es todo lo que nos hereda la familia. Es todo lo que nos queda en la vida”, sostiene.
Quizá por eso decidió regresar. Porque comprendió que una pausa no necesariamente significa un final.
En el camino también encontró personas que le recordaron hacia dónde debía mirar. Profesores, familiares y personas cercanas que vieron en él capacidades que, por momentos, las dificultades le impedían reconocer.
Y hubo otra voz, Cielo Moya, que desde el afecto familiar le dejó una bendición sencilla, pero poderosa: “Me siento orgullosa de ti, hijo. Que Dios te bendiga, que Dios te guarde. Que te sigas siendo algo más en la vida”.
Michael ahora tiene dos motivos para sentirse orgulloso: el título que acaba de conseguir y la carrera que volvió a retomar. Su historia no es la de alguien que nunca tropezó. Es, precisamente, la de alguien que tuvo que detenerse, trabajar, enfrentar dificultades familiares, sentir frustración y preguntarse si estaba alejándose de su sueño. Pero volvió.
Volvió a las aulas. Volvió a estudiar. Volvió a creer en aquello que quería para su vida.
Y quizás allí está la verdadera enseñanza de su historia: los sueños pueden aplazarse, pero no tienen por qué desaparecer.
CAMINO POR DELANTE
A sus 20 años, Michael Steven Leiva Londoño todavía tiene mucho camino por recorrer. Le espera la Ingeniería Ambiental, nuevos retos laborales y académicos y, seguramente, otras dificultades. Pero ahora sabe algo que difícilmente olvidará: cuando se tiene claro hacia dónde se quiere ir, una pausa no significa estar derrotado.
Por eso, cuando le piden que defina en una frase lo que está viviendo, sonríe, toma aire y lo dice con la alegría de quien volvió a encontrarse con su propósito: “Yo soy Michael Leiva y en Instecom estoy cumpliendo mis sueños”.
Y así, después de dos años y medio de ausencia, volvió a las aulas. No para empezar de cero.
Sino para continuar porque pa’ atrás, ni pa’ coger impulso.
